Elijo escribir: Conciliar

13/06/2017

Oigo y leo esa palabra a todas horas. Supongo que siempre ha estado en nuestras bocas pero quizá hoy en día ese término está más presente que en otras épocas. La gente hace malabarismos con el tiempo para poder llegar a cuantos más sitios mejor. Conciliar la vida personal con la laboral. La de pareja con la de hijos. La individual con la social. La de compañeros con la de jefes. En definitiva: un cúmulo de pequeños universos en los que tratamos de bailar sin perder el ritmo.

Y sin embargo para mí tiene un significado muy distinto. Hago referencia a algo intangible que tal vez solo esté en mi cabeza: cada día que escribo ficción he de conciliar mi cerebro científico con el artístico.

 

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Antes de ser María Jeunet nunca pensé que esto fuera real: opinaba que a unos se les daba mejor las artes y a otros las ciencias. Unos eran más diestros con las técnicas manuales y otros con los pensamientos abstractos. Y además estaba segura de que cualquiera de esas habilidades podría potenciarse con el estudio y la práctica. Lo complicado (¿no sería imposible?) sería desarrollar ambas.

Siempre me consideré científica: lo mío son las estadísticas, las gráficas, los experimentos de laboratorio. Las cadenas lógicas de acontecimientos biológicos, químicos y físicos. Eso se me da de muerte. Disfruto con ello y la satisfacción que siento al entender esos procesos y términos no se puede explicar con palabras.

 

Y sin embargo un día me senté a escribir. A imaginar historias. Comencé a usar una parte de mi cabeza que había estado muchos años apagada. Y ahora, después de casi cuatro años en ello, siento que cada día que practico tengo que casar esas dos partes que conviven dentro de mi cráneo. Y no es fácil, de verdad que no. La mitad de mi vida trabajo con datos científicos: para mí eso es sencillo. Objetividad pura, no hay espacio para la improvisación ni para interpretaciones personales. Pero la otra mitad rebosa de dudas cuando me siento a escribir: ¿Estaré yendo por buen camino? ¿Entenderá el lector al personaje? ¿Habrá captado la ironía? ¿Me habré quedado corta en la descripción? ¿Será creíble? Cientos de dudas. Miles de cuestiones cada jornada.

Ahora que lo pienso, escribir se parece a vivir: actuamos según nuestros principios, nos guíamos por el instinto, nos dejamos aconsejar y bebemos de las experiencias de los demás. Pero al final estamos solos ante la vida.

Sola ante el papel en blanco.

 

Queridos lectores, pronto más.

María Jeunet.

 

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