Elijo escribir #6: Pirateamos.

23/04/2017

Dicen los estudios que en España somos unos piratas, que nos gusta exprimir la chicha allá donde sea posible y como sea: música, cine, televisión, libros… Parece ser que si algo es susceptible de ser pirateado surge rauda y veloz una figura dotada con un parche en el ojo y un gancho en la manga para apañar cuanto pueda.

 

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Yo lo he vivido (y lo vivo) en primera persona (y en varios ámbitos). Cuando terminé mi primera novela y decidí comercializarla en internet sabía que me exponía a que alguien la “tomara prestada” y la subiera a un portal de descargas gratuitas de libros sin mi autorización. Inocente de mí, pensé: a un euro que cuesta (porque así fue, mi estrategia comercial para llegar a los lectores fue poner el precio más bajo posible y lo establecí en un euro (al que debía descontar impuestos y los honorarios de amazon), no creo que nadie opte por descargarla pirata…

Vaya que si se descargó. Tanto o más que de forma lícita.

 

Leí hace unos días que si los lectores no hubiesen pirateado las novelas de Stephen King, él sería cinco veces más rico de lo que es. Y no es que le haga falta más dinero, imagino, pero debe fastidiar bastante que a uno le roben el trabajo.

Algunos dirán: es que los libros son muy caros. Hay bibliotecas públicas. Ya, y el cine, ¿qué? ¡Es un robo!  Por nueve euros al mes podemos disponer de videoclubs online casi ilimitados. O mejor, uno puede darse un paseo hasta esos locales arcaicos en donde se pueden alquilar películas.

 

Por las tardes me llamo Jeunet y escribo.

Por las mañanas me llamo Astudillo y dirijo una clínica de nutrición en la ciudad. También nos han pirateado el trabajo en la consulta. No solo nuestro libro (que costó horas, meses y años de esfuerzo), sino también nuestro trabajo más básico: las recetas que conforman nuestras dietas (que salen de nuestro puño y letra, después de haber invertido años de estudio científico). Recuerdo que a los pocos años de estar en marcha me topé en una fotocopiadora con una mujer que llevaba una de nuestras dietas para sacar una copia. Aluciné bastante.

 

¿Hay solución? Pues sí y no. Como todo lo que remediable pasaría por inculcar a nuestros niños el valor del trabajo ajeno. También por hacerles sensibles al  esfuerzo que invierte cualquier profesional en el desempeño de su trabajo: desde que era un niño y soñaba con hacer películas hasta que ve su nombre en las carteleras. 

Y como eso es tan (tan, tan) complicado, me temo que la solución queda muy lejos aún.

 

 

Queridos lectores, pronto más.

María Jeunet.

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