Lisbeth Salander

13/02/2018

Salí al jardín a regar unas macetas. Era uno de esos días de calor espantoso caracterizados porque el sol achicharra todo cuanto roza. Mis dos gatos me acompañaban. Estuvimos recortando algunas ramitas, soltando hojas amarillentas del cuerpo de las plantas y limpiando un poco la zona.

Pasados pocos minutos mi gato huyó a casa. Me pareció extraño, pero mi gata y yo seguimos con el sombrero de jardinero puesto. El agua fresca me salpicó un poco los pies descalzos, qué alivio. Caminé con la regadera chorreando hasta un rincón y entonces lo vi: dos ojos amarillos me observaban fijamente desde un rincón seco del jardín. Entendí entonces porqué mi gato entró en casa despavorido: allí había un intruso.

Sopesé qué hacer: ¿meter a mi gata en casa para evitar problemas y olvidarme de todo? ¿O tal vez podía…?

Opté por complicar(nos)me la vida. Me acerqué con pasos lentos a aquellos dos ojos brillantes y cuando estaba a menos de dos metros, el gato, delgadísimo y despeinado, corrió despavorido lejos de mí.

Ese día le dejé comida y agua.

Todas las noches le dejé comida y agua.

Y al cuarto día descubrí que era una gatita. Se acercó a mis piernas con decisión y comenzó a ronronear alzando la cabeza para que la atusara.

Al día siguiente la encontré en el salón jugando con mi marido.

Y hoy está en la habitación de al lado desde la que escribo estas letras. Tenemos un nuevo miembro en la familia. Nos está haciendo la vida un poco más complicada pero también más divertida y feliz. Es pequeñita, tiene cicatrices en la nariz y las orejas y sus almohadillas están rugosas. La hemos llamado Lisbeth Salander; porque es valiente, reservada y tiene buen corazón. 

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Nuestra veterinaria opina que fue casera en algún momento, es poco frecuente que se muestre tan cariñosa.

El día que llené un cuenco con agua y lo dejé a su disposición en el jardín recordé un dato que me erizó el vello: en España se abandonan cada año 110.000 perros y gatos. Y a eso hemos de sumarle los que nacen sin dueño. Y los que se pierden y terminan sus días malviviendo entre las calles o el campo.

Tener una mascota es un acto de amor. Generosidad humana en estado puro. Porque una mascota requiere tiempo, dinero, cuidados, esfuerzo. Lo triste y vergonzoso es que hay muchos humanos (más de 110.000 al año en nuestro país) que cuando se dan cuenta de lo que implica tener un animal de compañía, deciden terminar la relación. Y lo hacen de forma penosa: abandonando a un ser vivo, sensible, que ha disfrutado de su cariño y cuidados.

Es natural que la situación o la mentalidad de uno cambie, pero existen alternativas al abandono. Dedicando cinco minutos a buscar en internet protectoras, o más sencillo: preguntando en el veterinario del barrio, uno sabrá qué hacer con ese ser que ya no puede cuidar.

Al menos démosle una oportunidad.

 

Queridos lectores, pronto más.

María Jeunet.

 

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